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Afuera siempre es mejor

Pido una beca para estudiar en el extranjero porque, en la negritud de esta noche joven, considero que lo mejor está lejos. Lejos: lo más lejos que se pueda. Me veo lejos y me veo más guapo, más sano, menos raro, más vivo. Incluso, aunque te parezca loco, hasta me veo menos pobre.

Tal vez la lejanía, reflexiono, es una lamparilla fabricada a base de apogeo y triunfo. Tal vez mis esperanzas, me amonesto, sean demasiado pueriles y yo sólo esté ilusionándome, fabricando espejismos, en un modo de defensa balurde contra la adversidad.

Como sea, he de irme.

Aquí la escuela tiene profesores que me exigen demasiado —y me lo exigen con pederastia y recelo—, padres que no me acompañan a los concursos de ortografía que gano, amigos que me utilizan para experimentar besos a hurtadillas en los mingitorios, extraños en parques calibrando mis respuestas ansiosas de romances cursis. Perros que menean la cola sólo si les doy de comer. Aquí, y esto lo digo sin exagerar, no estoy yo, nada más está un caparazón que se ve obligado a caminar con sus ecos en bibliotecas y pulperías.

Por eso, cuando mi profesora de Inglés me dice: «Hay una beca a la que podrías aplicar», respondo sí, sí, lo haré. No me queda de otra. Are you sure, honey? No, pero, ¿quién podría estar seguro?

Y como me siento tan solo, no creo que sea capaz de hacer algo grande si no tengo compañía. Busco a Ruth, mi mejor amiga y eterna pretendiente, segundo lugar y vicepresidenta de la clase; la convenzo que llene los documentos conmigo, que nos casemos en un avión aunque no nos amemos (o, expresándolo mejor, aunque yo nunca llegue a amarla como ella merece), que se aviente a dejar a su familia que tampoco la apoya más que para darle dinero (a ella jamás la han felicitado por su capacidad de recitar poemas de Tao Lin de cabo a rabo; ellos, de hecho, no tienen la menor idea de quién es Tao Lin y por qué a Ruth le gusta tanto), le prometo que le daré cinco hijos intelectuales, un aumento de pechos y nalgas cuando triunfe en la carrera que aún no elijo, lo que sea; y ella, con cautela o la típica dubitación femenina, dice:

—¿Y adónde iremos?

—Eso es lo de menos.

—No, no es lo de menos.

—Pues yo creo que sí.

—Me da miedo.

—Y a mí también. ¿Pero y qué?

—Pero... ¿y si no nos conceden la beca? ¿Y si el esfuerzo que hagamos no sirve para nada?

—No es momento de pensar en eso. Un obstáculo a la vez.

—Aplicar a la beca me parece afrontar un centenar de obstáculos a la vez.

—Ruth, tenés que ser más optimista.

—Bien.

—¿Bien qué?

—Bien que tenés razón y que necesito saber dónde descargo los malditos formularios que necesito para aplicar.

—Ese bien me gusta. Yo te paso el link; tranquila.

El inglés de Ruth no es tan bueno y le ayudo a llenar ciertas partes que ella no entiende, o entiende a medias. Algunos ítems le resultan muy tristes, como especificar dónde vive, con cuántas personas comparte el cuarto, y cuál es el ingreso mensual de sus padres. Le digo que no es cuestión de revelar vergüenzas o debilidades; es cuestión de demostrar que estás capacitado para abandonar la lipidia. Ella resopla, pero no se retracta.

En la escuela, la mañana siguiente, aprovechamos para asegurarle a nuestra profesora de Inglés que en efecto queremos largarnos, que de hecho ya estamos llenando las hojas de aplicación, y ella se alegra. «Excelente que Ruth se integre al proyecto» dice. «Nada mejor que el trabajo en equipo». Nos da palmaditas en los hombros, tipea en su computadora y nos firma una carta de recomendación a cada uno. La carta, en síntesis, dice que somos prodigiosos, sociables, disciplinados y extremadamente pobres. Paupérrimos. No nos ofende. Nuestra profesora sabe lo que hace. Ella lo vivió por sí misma. En su despacho nos muestra un certificado enmarcado en la pared central, que obtuvo estudiando Pedagogía en Missouri. Education Sciences clarifica. Es cuatro veces más grande que los certificados que se emiten en nuestro país, y mucho más contundente.

La profesora, con aires de gurú, nos dice:

—En las becas siempre es recomendable lucir fuerte. Nunca se vayan por el camino de la lástima: ustedes no son mendigos. Ustedes sólo están exigiendo lo que se merecen. Pero, claro, parte de merecerlo, es también necesitarlo. Mostrar su crisis. Si no, no hay impacto. No hay beca. Ese punto jamás pude pasárseles por alto. ¿Entendido?

Nos muestra fotos de universidades lujosas. De sus compañeros de clases, un grupito de gringos de ojos azules y cabello rubio. Maestros altísimos que usaban tuxedos negros y conducían autos descapotables. Fotos de sus antiguas vacaciones de verano en cañones y tiendas de camping al lado del Mississippi. «Fue tan bello…» musita. Le da melancolía. Y a nosotros, con la boca abierta, sólo nos da envidia.

Los formularios también incluyen una constancia médica que estipule que no somos sonámbulos, que no tenemos SIDA, que el corazón nos palpita con normalidad, que no vendemos órganos a los polacos en el canal de Panamá, que no somos un riesgo de dengue para el resto del mundo y que nos bañamos. Una semana después, Ruth y yo nos subimos a un bus abarrotado y llegamos a un centro de salud para avalar nuestras respuestas con un médico. Ahí hacemos fila por lo que nos parecen cinco horas («Ni se te ocurra ir al baño» me avisa Ruth, «es más asqueroso que esta fila interminable») y antes que un bebé nos lance sus orines y mocos encima, nos llaman en un consultorio marrón. Buenas tardes, buenas tardes, doctor. No, no, no somos pareja y ella no quiere saber sobre la T de cobre. ¿Que qué somos? Pues somos estudiantes. ¿Estudiantes? ¿De qué? Sí, estudiantes de secundaria. Ah, vaya, es cierto; aún se les nota la inocencia en la mirada, dice. ¿Qué los trae por aquí?

Le explicamos nuestra situación al doctor, que es un hombre de mediana edad, barbudo y simpático. ¿Una beca en el extranjero? Él se sorprende: muchos años atrás él intentó hacer lo mismo. Qué casualidad. Pidió una beca en todas las organizaciones que pudo. La obtuvo y su vida cambió por completo. «Fue un milagro para mí, que era tanto o más pobre que ustedes» dice. Nos cuenta una larga historia sobre sus estudios en Cuba y Massachusetts («Afuera siempre es mejor») y de su regreso, un evento triste que trató de evitar por todos los medios, sin éxito. ¿De veras estuvo en el extranjero?, nos asalta la duda, el anhelo. «Sí, por supuesto» dice. «Y desearía estar todavía ahí».

Luego de su historia, él me dice:

—Te haré un chequeo general primero a vos.

Me pesa, me mide, me ausculta, me saca la lengua, me mete un dedo en el recto. Rellena la constancia con rapidez marcial. Me advierte:

—Cuando llegués allá es probable que te hagan otros exámenes. En el examen de sangre puede que salgan algunas anomalías.

—¿Es que tengo algo, doctor?

—Sí. Todos lo tenemos.

—¿Cómo así?

—Tu examen de sangre tal vez arroje enfermedades graves que en realidad no tenés. Es por nuestras vacunas al nacer: son de muy mala calidad y distorsionan nuestra sangre. Es eso o dejarnos morir; al Gobierno no le queda de otra ante su miseria.

—¿Y eso es un problema para mi beca?

—No, no. Sólo explicales de dónde venís y ellos lo captan de forma automática. No te van a perjudicar por algo que no es tu culpa.

—Qué bueno.

—Así es, hijo. Ellos comprenden muy bien el Tercer Mundo. No te preocupés.

Revisa a Ruth. No es necesario repetirle lo que me dijo a mí; ella ya lo ha oído. En cambio le dice que está muy flaca —casi anoréxica— pero que no es nada que le impida visar su pasaporte y olvidar la sintaxis castellana. Además, en el extranjero se va a engordar. O, por lógica, es lo que se pretende.

—Aunque no te haría mal comer un poco más de legumbres desde ahorita. ¿Te gusta la berenjena?

Nos da otros consejos de índole práctica —«Recuerden: más que de calificaciones y necesidades, esto va sobre personalidades, sobre quiénes son ustedes de verdad; a ellos les impresiona saber que son más que niños con hambre y ropa rota»— y nos dice que los sellos oficiales no los tiene él, que están en el Registro Municipal. ¿Y dónde es ese Registro? Al fondo, a la izquierda de esta cuadra; donde está lleno de secretarias viejitas. Puerta roja con negro; no se pueden perder. Y recuerden algo más: no sean como yo. Libérense de sentimientos vanos y si pueden quedarse allá para siempre, no lo duden ni un instante. Allá no es aquí, aquí nunca será allá, y es preferible estar allá que aquí precisamente por eso, ¿me siguen, jóvenes?

Otros papeles, otros lápices, otras salas, otros rostros. Las secretarias viejitas se emocionan mucho con nuestras ansias de irnos lejos, muy, muy lejos, y además de los sellos en las esquinitas, certificación de constancias y partidas de nacimiento, nos dan felicitaciones y buenos deseos. Me los dan mucho más a mí que Ruth, pues Ruth se cansa rápido de los devenires del tedio y cuando está cansada puede ser exasperantemente insociable. Les digo gracias y las viejitas sonríen. Ruth sale de la oficina y me espera afuera. Las secretarias me ven como si fuera un muñequito peludo al que les gustaría usar de llavero algún día. Ruth mira un cesto de basura y por la forma en que lo mira se diría que está rezando a un profeta. Me pregunto si estoy tan desolado como ella. Y ¡adiós, adiós, muchachos!, nos despiden las secretarias. Qué les vaya muy bien. Cuando estén allá en la USA se acuerdan de nosotros, los pobres. ¡Adiós, adiós!

Dejamos atrás el alcohol y las engrapadoras de la burocracia.

Le pregunto a Ruth, de camino a la parada de buses:

—¿Estás bien?

—Sí.

—Es que te noto pálida.

—Sólo es algo de cansancio. Nada serio.

No me convence, pero seguimos nuestro camino.

Con los sellos regresamos a casa. Ahí agregamos diplomas, un ensayo de cuatro páginas explicando por qué queremos la beca, qué haremos con todo lo aprendido al concluir los cuatro años de estudio, qué sabemos e idolatramos del mundo exterior, qué odiamos del interior; y también agregamos una foto tamaño carnet sin lentes ni gorra donde se expone cada píxel de esperanza. Revisamos una y otra vez la carpeta, nos damos por satisfechos, escaneamos los documentos y enviamos la aplicación por correo electrónico.

Así se emite un SOS en la actualidad.

Comiendo enchiladas a la hora de receso, algunos días luego, Ruth tiene más miedo.

—¿Y si al llegar allá no entiendo nada? —dice—. Mi nivel de inglés es decadente. No sé por qué te hice caso en esto.

—Porque te querés ir a toda costa como yo. Por eso.

—Una cosa es querer irse y otra es irse en serio.

—Será lo mejor.

—Aún suena para mí como una mala decisión.

—No hablemos más de eso —digo yo, abriendo un jugo de naranja—. Ya estamos en el tren. No vale la pena tirarnos al carril a estas alturas del viaje.

—Eso depende —dice Ruth.

—¿De qué?

—De qué es peor: si el punto de partida, o el destino final.

Nos llaman a una entrevista el lunes. Me despierto de madrugada, me pongo mi mejor muda —camisa gris, pantalón negro de vestir, zapatillas de agujetas largas que escondo entre mis calcetines de rombos concéntricos—, salgo de casa viendo poco entre la espesura del amanecer, pienso en que olvidé mencionarles a mis padres hacia dónde iba, camino medio a la deriva. Camino sobre los adoquines del barrio de Ruth y ella, con un suéter encima, me saluda en mitad de un bostezo. Me da un pan untado con mantequilla para que desayune. Me dice que tampoco le dijo a nadie dónde iba. La comprendo. Tenemos miedo de que los demás se entrometan en nuestros planes, y más que entrometerse, que los arruinen.

Tomamos un bus expreso hacia la capital.

Managua está humosa, caliente, pululante de autos farragosos, resguardada por edificios impersonales que apuntan al lago. Como no conocemos muy bien, nos colgamos de las direcciones de los taxistas y vendedoras de chicles en las paradas de buses. Así llegamos al hotel —con piscina celeste y elevadores amenizados con música clásica— que contrataron los organizadores de la beca.

Pronto estamos en una sala rodeados de otros postulantes que nos ven a la cara y nos dicen, con su actitud, que no somos iguales a ellos. Son unos treinta, cuarenta, quizá cincuenta. Tienen nuestra edad más o menos. Vienen de todas partes del país. Nos sentamos a su lado. No les hablamos. Tampoco hablamos entre Ruth y yo porque estamos nerviosos a morir, y porque decir algo ahora no tendría sentido.

De repente la llaman a ella por un altavoz. Ruth se levanta y se la lleva un hombre de traje negro. Entran a otra sala. Tardan casi una hora en la entrevista. Me como las uñas, y esto jamás lo he hecho antes, pero es lo que veo que se hace en películas tragicómicas y surte cierto efecto conciliador. Pasa el tiempo. De repente Ruth sale, me dice que me va a esperar, y que no me puede dar consejos o advertencias sobre nada. Nos vigilan. No importa. Al instante me llaman a mí.

Uno es consciente de su respiración sólo en momentos críticos y la mía ahora es un globo aerostático que se calienta hasta explotar.

El hombre de traje negro me lleva de la mano. Abre una puerta. Hay tres hombres esperando: dos sonrosados y gordos, y otro gordo, pero afroamericano. Se presentan con sus nombres raros y yo me presento con el mío, que también ha de sonar raro en sus oídos.

—Nice to meet you. Firstly, we're gonna start this interview by asking you why you wanna study in Arkansas.

Arkansas. Es lo único que registra mi mente. No sabía que la beca era para estudiar en Arkansas. Me bastaba con saber que era para estudiar en el extranjero, en Estados Unidos. El lugar exacto era lo de menos. Pero no, al parecer para ellos sí que es relevante.

Muy relevante.

Me quedo en blanco.

Me presionan con la mirada.

Por supuesto, sé muchas cosas sobre Estados Unidos. Estrellas y franjas, ríos bravos, dinero, presidentes de copetes engomados, leyes estrictas, hombres musculosos tocando guitarras en las calles —desnudos, caucásicos, con botas de cuero—, nieve sobre edificios. Pero hasta ahí. No sabría decir con exactitud dónde queda Hollywood o Milwaukee. Qué diferencia un estado del otro. Para mí ese país es como una sola masa de grasa, Seven Elevens y gringos sonrojándose bajo un sol de tequila importado. Intrascendente. Me siento imbécil. No puedo relucir que no he ido más allá de lo obvio.

Ellos esperan una buena respuesta.

Contesto por qué quiero irme, aunque evito por todos los medios mencionar por qué quiero irme específicamente a Arkansas. Ellos no se ven impresionados (deben de escuchar las mismas razones en cada postulante; no es que exista aquí una gran variedad de motivos por los que se desee huir), asienten y beben agua. Tienen jarras enormes y cristalinas repletas de agua sobre su escritorio. Tengo sed, pero ellos no me ofrecen ni un trago.

El afroamericano me pregunta:

—¿Qué quiere estudiar en Arkansas?

—Lo que sea. Soy bueno en todo.

—¿Y cuál es su verdadera pasión?

—Irme.

—¿Nada más?

—Y no regresar.

La profesora de Inglés también nos dijo que fuésemos sinceros. Eso da pauta para darnos a conocer y ganar puntos sobre los demás. Sin olvidar las galas de personalidad que nos recomendó el médico.

—¿Qué hace para divertirse? —pregunta uno de los gordos blancos.

—No tengo tiempo para divertirme. Me la paso estudiando.

—¿Estudia durante todo el día?

—Sí.

—¿Es el mejor promedio de su clase?

—Sí.

—¿Y cómo le hace sentir eso?

—Orgulloso.

—¿Se define como una persona que está acostumbrada al orgullo por su desempeño escolar?

—Sí. Pero sólo del orgullo que viene de mí mismo.

—¿No cree que eso raya la egolatría?

—No. Creo que eso raya la autocompasión.

—¿Qué quiere decir?

—Los demás no sienten orgullo por vos sólo por tener buenas notas. Los padres y los profesores te felicitan, y hasta puede que te den un regalo de vez en cuando, pero eso es esporádico y falso. Lo que ellos dan no es gratificante del todo y por eso he aprendido a gratificarme yo mismo de cierta forma. En su mente tener buenas notas es lo que se supone que debés hacer en la escuela y no reporta tanto mérito. No puedo esperar gran cosa de ellos.

—¿Y en qué consiste exactamente ese orgullo, esa autocompasión?

—En saber que soy bueno y no olvidarlo jamás, aunque al resto le importe un comino.

—Lo dice con mucha seguridad.

—Lo digo con mucha pena. Es a lo que he estado habituado desde muy pequeño.

—No puedo creer que exista gente que no le dé importancia a ese tipo de actos —dice el otro gordo blanco—. Más en el caso suyo, un joven que se ha entregado de lleno a sus estudios. No se mueve si no es en función de ellos. Me resisto a pensar que no se le dé su lugar.

—Usted dice eso porque sencillamente no es de aquí.

Se lo piensa.

—Tiene razón —concluye—. Y no sabe cuánto deseo que fuese diferente.

Me hacen un par de preguntas más, me toman una foto para el registro —y para el recuerdo, pienso— y la entrevista se acaba. Dicen que nos avisarán en tres meses de los resultados. Me despido —Bye, bye, take care—, salgo, y ahí está Ruth, lista para irnos.

En dos horas y media estamos en nuestra ciudad otra vez.

En los tres meses de espera terminamos la secundaria y preparamos nuestra graduación. La toga es crema opaco y la estola, beige. El beige es el color de moda en Europa y este pequeño rincón no desea escapar de la tendencia. Subo al estrado de la ceremonia y digo las palabras de apertura para que después nos entreguen nuestros diplomas. Aplausos. A mí, aparte del de bachiller, me dan un diploma por perseverancia y otro por haber sido, nuevamente, el promedio más alto del salón. Ruth dice las palabras de despedida —a ella también le dan dos diplomas más: uno por ser reina del folclore en octubre y otro por haberse aprendido de memoria el Acta de Independencia en septiembre, aplausos, aplausos, y luego marchamos en tropel para tirar los birretes al granito de afuera.

Fotos. Llantos. Gritos. Felicidades.

¡Muchas, muchas felicidades hoy!

Uno de nuestros compañeros, guiñoneando su toga, dice:

—Qué calor. Muero por quitarme este estúpido disfraz.

Nos reímos de su valentía.

Nos reímos de nuestras ilusiones.

En casa, guardando el diploma de bachiller dentro de una caja de la bodega, es obvio que no nos dan la beca. Es obvio que no nos vamos a Arkansas.

Le digo a Ruth, en una de esas tardes en que andamos en cybers y cafeterías buscando empleo:

—Lo intentaré otra vez el año que viene.

—Yo también —dice ella—. No es una buena opción, pero es la única que nos queda si no queremos resignarnos a esto.

Y con «esto» se refiere a la noche, la noche joven, que ya cae sobre los tugurios de la calle.



Ernesto Castro Herrera

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