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Y no soy supersticiosa

Updated: Dec 11, 2019

Por Ana Yilian Giroud

La más agria de las sorpresas fue esa. Recibida un viernes a la tarde. Soleado, alegre, llameante, como suelen ser las tardes de Managua en pleno verano. Me había levantado de mi asiento en el bus, delante de mí estaba un hombre de pie.


  Ignoré sus tatuajes de un verde vibrantemente pálido. Misma tonalidad. Ignoré la lágrima bajo su ojo negro y su calva, así como un par de pantalones anchos, los cuales a cada paso parecían hacerlo flotar por la inmensidad de aire colado en ellos.


   Un frenazo marcó el momento. El escupitajo del hombre tenía una sola dirección. El tiro no se dignó a fallar siquiera, ni lo intentó. Directo como flecha de Robin Hood aterrizó en el centro de mi cara. Justo entre mis ojos, sobre mi nariz.


  La confusión se apoderó de mí. No entendía. No deseaba entender. Altanera me bajé del bus, puesto que era mi parada. Cabeza en alto. Mirada al frente. Limpié mi cara con mi camisa –Pobre Jon Snow, tu que cuidas tanto tu honor, fue hoy mancillado-. Recreaba en mi mente la escena una y otra vez, cuando una señora me llama y pide que cruce con ella, pues le aterra cruzar sola - ¡Conductores de Managua y sus manías! -, su traje blanco de enfermera acompañando su sonrisa me encandilaron. Ella seguro no sabía que me había pasado. Ella me sonreía. Cruzamos. Ella se despidió de mí. Tomamos caminos contrarios.


   Sostuve el llanto. Lo sostuve, lo juro. La ira se apoderaba de mí. Seguía sin entender. Cada cinco pasos, giraba para ver. No me seguía.


   Llegué a mi destino. Me sonrieron en la oficina. Me contagió la alegría. Duró un segundo la tan ansiada emoción. Solté mis cosas y me apresuré a ir al baño. Una lágrima caía a cada paso. Encerrada en el baño me senté a llorar. Lloré. No aguantaba. Me quebré. No entendía. No había hecho nada. ¿Por qué? Me quité la blusa con horror. Me miré al espejo. Lavé mi cara tres veces. Seguí llorando. Todo en mí estaba roto. Menuda manera de acabar un viernes trece y no soy supersticiosa.

Ana Yilian Giroud

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